martes, 17 de junio de 2008

Reportaje en La Opinión de Tenerife: TINDUF, LA PALESTINA CERCANA (1)

Un padre se asoma a una ventana de su casa de adobe
con sus dos hijos. Belén Molina


La Opinión de Tenerife
A fondo
16 de junio de 2008

TINDUF, LA PALESTINA CERCANA

Refugiados saharauis: 33 años en la espera


No es el mismo conflicto, pero las similitudes abundan. Ambos pueblos han visto sus tierras y sus derechos ocupados, en los dos casos, ante la indiferencia internacional. Los palestinos llevan 60 años de lucha desesperada. Los refugiados saharauis, esperan también desesperados desde hace 33 años. Un muro de 600 metros cerca a los palestinos. Otro muro de 2.500 kilómetros aprisiona a los saharauis. No en vano, la idea de levantar un muro de la vergüenza en pleno Sáhara, sembrado de minas, fue idea israelí. Tinduf es la Palestina cercana.

BELÉN MOLINA, ENVIADA ESPECIAL TINDUF El desierto de todos los desiertos está al sur de Argelia, en Tinduf. En ese lugar de piedras y arena, azotado por un viento seco que deshidrata las retinas, en esa tierra prestada, cerca de 200.000 saharauis desplazados esperan y esperan a que se les devuelva su propio territorio del que fueron arrancados hace casi 33 años, cuando España, tras firmar el acuerdo tripartito de Madrid, dejó las puertas abiertas a Marruecos y Mauritania para que adueñaran de un Estado que no era suyo.

Entre 1975 y 1976, los saharauis, bombardeados con napalm y fósforo blanco, atacados por tierra y aire, se vieron obligados a huir hacia el interior, donde quedaron confinados ante los ojos impasibles del resto de la comunidad internacional, sobre todo, ante los ojos impertérritos de España, que aún hoy tiene una cuenta pendiente con el pueblo saharaui: su definitiva descolonización. Para Naciones Unidas, Sáhara sigue dependiendo administrativamente de España.

Desde 1975, Naciones Unidas ha dictado una tras otra 64 resoluciones en las que insta a Marruecos y al Frente Polisario a la resolución pacífica del conflicto mediante un referéndum en el que el pueblo saharaui pueda expresar libremente si quiere ser marroquí o una nación independiente. Para lograrlo, el Frente Polisario aceptó poner fin a la guerra con Marruecos en 1991, pero ese gesto de buena voluntad no ha servido de mucho.

Diecisiete años después, más de 80 países reconocen a la República Árabe Democrática Saharaui (RADS) como un Estado en sí mismo. Sin embargo, la situación sigue igual de estancada que antes del alto el fuego. Marruecos, fuertemente apoyado por Estados Unidos y Francia, esquiva sin pudor las resoluciones del organismo internacional al tiempo que esquilma los recursos naturales saharauis, como son los bancos de pesca entre El Aaiún y Canarias. Han pasado 33 años y, aunque la clase dirigente saharaui, la que conforman los altos cargos del Polisario, se apoya en la esperanza, el pueblo llano ha convertido el futuro en un eterno presente que se diluye día tras día bajo un sol asfixiante, entre tazas y más tazas de té.

La vida en una daira

En la daira de Farasía, en la wilaya de Smara, las viviendas de adobe se mezclan con las jaimas de tela. "Una casa de adobe es buena para protegerse del calor del día en verano y del frío en invierno", afirma Fatma, una mujer de mediana edad que por cuatro días se convirtió en una de las 18 anfitrionas de la delegación canaria que ha visitado ese campamento de refugiados.

Fatma es el reflejo mismo de la resignación. Los invasores le arrebataron su casa y sus pertenencias. Hace 32 años que no mantiene contacto con la familia que quedó en lo que ahora son territorios ocupados. Tan solo recibe de vez en cuando la visita de una hermana que vive en Mauritania. Su principal apoyo le viene de su hija Sultana, casada con Salem.

Sultana Mohamd Blah, 27 años, comenta que ha estudiado fotografía y se entusiasma al tener entre sus manos una cámara digital. Sabe que en otras circunstancias ella podría ser ahora una profesional de la imagen, pero es una saharaui refugiada que atiende a su marido y a su madre, que desea tener un hijo y que se emociona ante las expectativas de otras formas de vida que no tiene a su alcance. Sultana lee castellano sin dificultad y uno de sus mayores ocios es escuchar un programa de radio que se emite desde la emisora nacional de la RADS instalada desde el 18 de septiembre de 1975 dentro de un contenedor de ayuda humanitaria reconvertido en estudio. Pronto llegará a su jaima la señal de la televisión estatal de la RADS, que a diferencia de la emisora de radio, es un vasto complejo con aire acondicionado cuyas imágenes ya pueden captarse por vía satélite y que comenzará las emisiones regulares en unos meses.

Los saharauis buscaron plasmar en el desierto argelino la misma estructura territorial que tenían en la tierra de la que fueron arrebatados. De esta forma, el Sáhara de la diáspora de divide en cuatro provincias o wilayas: Smara, Aaiún, Dahla y Ausert. Cada provincia se divide a su vez en varios municipios o dairas. En la wilaya de Smara, repartida en siete dairas, viven unas 45.000 personas, invisibles dentro de sus casas en las horas que más aprieta el calor o cuando sopla el siroco, ese viento arrebatador que arruina los proyectos de cultivos que se llevan a cabo en diferentes cooperativas gracias a un extraordinario despliegue de imaginación. Porque los territorios ocupados por Marruecos, lejos de ser una tierra yerma, albergan ricos recursos naturales, como las minas de fosfatos de Bucrá y la posibilidad de bolsas de gas y petróleo, pero el desierto de Tinduf se levanta sobre una de las mayores balsas de agua del continente africano. No hace falta más que una bomba a motor para extraer líquido en cantidad suficiente con que alimentar hectáreas de regadíos. "El agua no es el problema", comenta Abdul Fassen, agricultor en una de las cooperativas cercanas a Ramouni, otra daira de Smara. "El problema es el viento y el excesivo salitre del agua", aclara. Frente al viento, se levantan muros de cañizos, pero filtrar el agua es más costoso. A pesar de tantos inconvenientes, el esfuerzo de los saharauis comienza a dar sus frutos en forma de sandías, berenjenas, cebollas, tomates y papas. Todavía son cosechas pequeñas, casi testimoniales, pero cobijan la esperanza de obtener algunos recursos propios para sobrevivir por cuenta propia y depender menos de las ONG y la FAO.

Esa es la clave de la supervivencia en ese desierto de nadie y uno de los rasgos de los ciudadanos de la RASD: en su situación de refugiados no les queda más remedio que compartir lo poco que se tiene. "Cada familia recibe su ración diaria de agua", explica Habdalá, sobrino de Fatma, su traductor del hasanía al castellano. "También se reciben en contenedores los alimentos que vienen de la ayuda humanitaria".

Habdalá, 15 años, estuvo acogido por una familia alicantina durante cinco años. Ahora confía en poder conseguir un permiso de residencia como estudiante para aprender inglés y convertirse en profesor de escuela. No le gusta hablar de política, tan sólo mira al horizonte mientras escucha en su móvil de última generación a Shakira y Enrique Iglesias.

La ayuda escasea

El agua envasada llega a Tinduf desde un manantial del oasis argelino de Gardaia. Con ella se prepara el té del desierto que es amargo como la vida, suave como el amor y dulce como la muerte. El agua que reciben en cisternas y que se deposita en contenedores sirve para la higiene personal y la limpieza de enseres. Las condiciones higiénicas son precarias. La ducha se lleva a cabo con cazos. Los retretes son agujeros en el suelo que van a dar a una fosa séptica. Es una vida al límite.

La subsistencia viene de la ayuda humanitaria, cada mes más escasa. "Se ha reducido en cantidad y en calidad" explica Hamida Abdula, director de un centro para mutilados de guerra que en la actualidad acoge a todo tipo de parapléjicos y tetrapléjicos. "Nos tememos que la ayuda humanitaria se ha reducido por presión marroquí para lograr someternos. Pero se equivoca quien piense que somos un pueblo en busca de un trozo de pan".

Fuentes:
*La Opinión de Tenerife
*Servicio de Comunicación Saharaui en Canarias (SCSC)

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