martes, 1 de abril de 2008

La visita. Homenaje a José Agustín Goytisolo


Generación de la Amistad Saharaui
30 de marzo de 2008

GENERACIÓN DE LA AMISTAD SAHARAUI EN EL CUARTO CONGRESO INTERNACIONAL JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO “ASTURIAS ENTRE VERSOS”.


LA VISITA

Vuelven los dueños

Pasada la hora de las ignominias
los viejos apagaron con tierra las fogatas
las mujeres y niños recogieron las tiendas
los hombres empuñaron el fusil.

La ruta del desierto fue muy dura:
se abrieron paso a tiros en medio de la noche
para no ser esclavos para no ser vendidos
igual que reses en su propio hogar.

Hoy con su pueblo a salvo los guerreros
han vuelto al territorio de la casa invadida
y el enemigo sabe que si alcanza un momento
a ver sus rostros es que va a morir.

¡Oh tú que me censuras pues no escribo
de dioses y me exalto por cosas de la tierra !
conoce a estos hombres: como los inmortales
luchan ardiendo por su libertad.

José Agustín Goitisolo


Era el año 1981, yo apenas tenía ocho años y estudiaba en el internado “9 de junio”, que no era más que un conjunto de casas de adobe construido por los saharauis a toda prisa para albergar a cientos de niños del éxodo, del exilio, de la guerra. En aquel tiempo nuestros padres estaban en la guerra y nuestras madres sobrevivían en los campamentos de refugiados trabajando duro: cavaban refugios para resguardarse de la aviación marroquí de la que se esperaba su inminente y mortal visita, como había ocurrido cinco años antes en Um Draiga y Amgala.

Por nuestra supervivencia y nuestro futuro ellas levantaban guarderías, escuelas y hospitales; lo hacían soportando tormentas de arena, calor y privaciones. En la intimidad de sus frágiles jaimas rogaban al Altísimo para que se acordara de nuestro sufrimiento y a la muerte que se olvidara de nosotros. Del estéril desierto ellas obraban el milagro de adobe que todavía sostiene las estructuras de nuestro largo exilio.

El trueno de la guerra alcanzaba nuestros oídos de niños, y en el traje de los militares que venían de permiso olíamos la pólvora, el denso humo, la sangre y el fuego de la metralla. En nuestros ojos estaba todavía nítida la imagen de la invasión. La persecución, los bombardeos y la muerte. En medio de aquel escenario lejano y solitario acudió a nuestra escuela una visita de varios hombres y algunas mujeres. Bajaron de tres Land-rovers vestidos con turbantes saharauis, magullados y polvorientos por la dureza del camino, un camino anónimo y pedregoso, poblado de interminables gibas y costillas, pellejo de la tierra. Un camino duro, impío y gris que sin embargo los traía hasta nosotros.

El maestro nos dijo que eran poetas y escritores venidos de España. Nos sentíamos felices porque rompían la rutina de la aburrida clase. Hicieron preguntas al maestro, se interesaron por nosotros… Uno de ellos se acercó al primer pupitre y miró con curiosidad el cuaderno de una muchacha llamada Agaila, lo hojeó un poco, sonrió y se lo devolvió. Visitaron otras clases, vieron nuestros dormitorios, el lugar donde comíamos… Cuando salimos al patio en la hora del recreo todavía estaban ahí, algunos no paraban de disparar con sus cámaras, sobre todo a los niños que bebían de los grifos del depósito de agua. Parecía la panza de un tanque, un tanque desmantelado y varado en medio del patio del colegio.

Se montaron en sus Land-rovers, y desde el interior de los coches algunos levantaron sus manos para hacer el signo de la victoria. Devolvimos su saludo con lo único que teníamos: ramos de tempestad. Escribí, muchos años más tarde:

El niño ofrece
Con sus ojos,
Con el triste brillo
De su rostro,
Lo único que tiene.

El niño no tiene nada,
Y en medio de la nada
Hay un árbol de duna,
El Dios del viento estornuda
Y el niño ofrece
A su amigo
De otra cultura
Un ramo de tempestad,
Lo único que tiene
En esta vida dura.

Al año siguiente, 1982, junto a más de quinientos niños y niñas fui a estudiar a Cuba. Después de trece años me licencié en Periodismo, volví al Sahara, y empecé a trabajar en la sección de español de la Radio Nacional Saharaui. Era 1995 cuando llegó una visita de algunos medios de comunicación catalanes. Una periodista me regaló un libro verde y pequeño: un libro de poemas de José Agustín Goytisolo, sencillo y hermoso, que hizo crecer en mí la vocación poética.

Unas semanas después encontré en el archivo nacional saharaui fotos de unos intelectuales que habían visitado el Sahara, y cuán grata fue mi sorpresa al descubrir que el autor de aquel maravilloso libro, venido desde tan lejos para visitar y solidarizarse con nuestro pueblo, era uno de los que habían estado en mi internado cuando yo era niño.

De la siguiente experiencia, que viví con el escritor Gonzalo Moure en el profundo Tiris, prefiero sus propias palabras, tomadas de su hermoso libro: La Zancada del Deyar…

“A la caída del sol, Limam y yo empezamos a hablar del futuro. Traducir El beso del Sahara al hasania, convocar un premio de narrativa saharaui en castellano y hasania, escribir y potenciar la escritura de cuentos para niños, también en hasania, buscar la edición del primer libro de poemas de Limam Boisha… Todo lo que significara despertar la literatura escrita saharaui, que no existe a pesar de la rica tradición oral, y encontrar a un grupo de jóvenes intelectuales saharauis que llevara la presencia de su país a los círculos culturales de todo el mundo. Aquella conversación fue el prólogo de lo que poco después pude escuchar en el índice de noticias de Radio Nacional de España.

Nih había llamado a los hombres a la oración y yo me había quedado solo en la jaima. Entonces conecté la radio y, por debajo de los zumbidos y chasquidos, pude oírlo: José Agustín Goytisolo, el poeta amigo del pueblo saharaui, el autor de algunos de los poemas más bellos de la literatura contemporánea, el inspirador de las canciones más conmovedoras de Paco Ibáñez, el hombre que había despertado en mí el deseo de escribir El beso del Sahara con el texto con el texto que redactó para la edición del disco “Polisario Vencerá”, había muerto. Había caído por la ventana de su casa en Barcelona, había dejado huérfanos a quienes creemos con él que a pesar de los pesares la vida es bella, que tendremos amigos, tendremos amor…

En España, la noticia de la muerte de José Agustín Goytisolo me habría llegado como lo que era: una mala noticia, pero también una parte más de la vida, ineluctable y simple. Sin embargo, en el frig de los Ebhoya, en el ambiente de fiesta que se vivía aquella noche, con la animación de las primeras hogueras que se iban encendiendo alrededor de las jaimas, con la risa de las muchachas y los juegos de los niños, con los saludos afectuosos de los hombres y las mujeres de la badia, con el olor de la leña de askef, y los primeros guisos, con el mugido confortable y rumoroso de los camellos aposentándose en su majada, la muerte de Goytisolo me llenó de melancolía. Me alejé del bullicio del frig y me senté en la arena, con la radio pegada a la oreja, para escuchar un programa cultural nocturno, donde suponía que se hablaría largamente del tema. Así fue. Hubo un desfile de voces amigas y familiares, con el peso de la noticia recién recibida y la incredulidad, pese a todo, porque Goytisolo hubiera dejado de vivir. Algunos de los invitados al programa recordaron, con emoción a penas contenida, los quince días que habían pasado juntos en el Sahara en 1981: quince días en los que habían sido generosos, gigantes, solidarios, felices, manos delicadas de intelectuales con las que ayudar a las manos fuertes de los nómadas desposeídos.

Muchos años más tarde, con la radio apoyada en la oreja, sentado en la arena, escuchaba el dolor de sus amigos bajo las estrellas que él había contemplado entonces en Tinduf, las mismas. Me llegaba hondo ese dolor. Escuchaba por enésima vez sus versos en la voz tensa de Paco Ibáñez, sus palabras para Julia, que ya no podían ser para él, a quien, al final, le pudieron los pesares.
Una nube de tristeza se debía elevar sobre mi cabeza. Se acercó hasta mí un joven soldado, Hamma, se acuclilló y, con voz dulce, me preguntó:

- ¿Qué estás escuchando que te pone tan triste?

¿Cómo lo había sabido? Estábamos a oscuras, yo estaba quieto, no había dicho una sola palabra…

- Ha muerto un poeta, José Agustín Goytisolo. Fue un gran amigo de vuestro pueblo.

Sin que el joven soldado dijera nada, los demás se fueron acercando, se sentaron alrededor de mí y, sin darme cuenta, me encontré hablando del poeta, de sus versos, de los quince días de 1981, de su texto breve y perfecto en el disco “Polisario vencerá”. Nunca había sentido una ola de compasión tan sólida y sincera, nunca. Compartían mi dolor, lo hacían más liviano. Luego se dispersaron poco a poco, volvieron a sus hogueras y a las risas quedas, a las mantas oscuras y las caricias. Aquella noche había muerto Goytisolo; todas las noches muere un poeta, pero nace otro. Hamdulilah”.

Limam Boisha

Fuentes:
*Generación de la Amistad Saharaui (blog)
*POEMARIO POR UN SAHARA LIBRE