sábado, 2 de febrero de 2008

El cartero


Mohamidi Fakala, camino de El Aaiun
29 de enero de 2008

Decían que eran buenos tiempos pero, sin lugar a dudas, todo tiempo pasado fue mejor y de esa bonanza apareció del sur, enigmático, cabellera de tiempos de Hércules, tez morena con tinte de mar y de sol. Lo llamaron El Zorro, pero fue siempre Ahmed. Zorro únicamente por su inteligencia y nada más. Fue bautizado por sus progenitores el séptimo día de su nacimiento. Él prefería que así lo llamaran, mientras que el otro apelativo le causaba timidez sobre todo en las horas fuera de trabajo. Humilde como aquellos tiempos, tranquilo en el habla y honesto con todos y con aquellos que hicieron de él un verdadero mensajero paradigmático que aproximaba la distancia cambiante, una vez con su toque de alegría y en otras con su tristeza, donde lo humano siempre estaba presente, todo ello encerrado en un sobre acuñado recientemente al otro lado del planeta.

Todos los jueves de la semana se le veía inquieto, nervioso, en la pista sin pavimentar del único aeródromo en vísperas del aterrizaje forzoso del viejo Junker, proveniente de las Canarias que trasportaba el correo y los víveres para el Askar del Sáhara. De esta manera tan singular comenzaba la jornada con el reparto de las cartas de grosor de cartulina; todas selladas con la esfinge de un ciervo extinguido y el valor de 50 céntimos de peseta. La tranquilidad de Ahmed se acababa en el momento en que cogía el bulto de correspondencia sin que las hélices del motor hubieran perdido fuerza, era el primor del cartero.

Poseía particular manera de trabajar, iba entregando las cartas por orden jerárquico, después de haberlas clasificado en la estrecha casita de adobe de techo abovedado y paredes interiores de cal. Los reclutas amanecían sin perder la esperanza de que el buzón tragase unas líneas de verso escrito de muy lejos.

El cartero vivía en la parte baja del poblado colindante al frig de tropas nativas y se encontraba hermanado con la única estafeta que se había fundado sobre los surcos del huerto de Abdalahe uld Bhay y donde por mera casualidad se levantó el vivac de la mia de camellos a su retorno triunfante por haber alcanzado y no morir la ciudad santa de Smara, entonces, corría el año 1934, y la tropa la encabezaba el capitán Bullón, El Kaid y el Chej Mohamed Fadel.

En estas tierras del desierto, el correo nace como una necesidad imperiosa a fin de unir las fronteras fragmentadas de la metrópoli siguiendo el ejemplo de Francia con su "correo del sur" que enlazaba las colonias francófonas del África noroccidental y donde por excelencia Antoine de Saint Exupéry desempeñó un papel trascendental fijando la punta de avanzada de su escuadrilla aérea en Tarfaya, Cabo Juby, la otra frontera arrebatada a los saharauis en 1958, Saint Exupéry seguía el trayecto de otro francés, Vicente Latécoère y su aeropostal que después de África se trasladó a América Latina con una escala casi segura en la ciudad natal de Ahmed, Dajla.

Ahmed vino ligero de equipaje de esa ciudad, optando por el oasis y la fuente de la Saguia; donde casi moría apenas llegando el mar, pero él tenia tenía el sur como vértice y ni podía olvidar sus primeros pasos sobre la fina arena de oro y los mansos delfines jugueteando a agua tibia que empujaban majestuosamente el buen pescado en las redes de los legendarios Amraguen.

La villa natal de Ahmed fue gestionada mucho antes por la compañía hispanoafricana que ancló en 1886 para consagrar la presencia colonial y mercantil en la zona por iniciativa de la Sociedad Geográfica de Madrid. Ahmed llegó a viejo como su ciudad. Entonces ya nadie escribía cartas de amor ni de exaltación de la distancia. Se arropó de tristeza, lo acompañó la pena y el olvido, se encerró en un antiguo edificio colonial que sus inquilinos abandonaron y sus arrendadores tomaron otro camino opuesto sin haber dejado dirección alguna ni haber fijado tiempo de regreso.

M.M.Fakal-la, escritor saharaui

Fuentes:
*Mohamidi Fakala, camino de El Aaiun
*POEMARIO POR UN SAHARA LIBRE