jueves, 14 de febrero de 2008

El viajero nómada


Generación de la Amistad Saharaui
10 de febrero de 2008

Irremediablemente solo, quiso cruzar en medio del calor y el espejismo con apenas cinco litros de agua, montado encima de su dromedario, un desierto completamente inhóspito sin árboles, sin hierba, sin agua y sin sombra. Pero en el fondo estaba convencido de su conocimiento de la tierra, de su habilidad para imponerse frente a cualquier adversidad. Él sabía que su vida estaba destinada a correr todo tipo de riesgos, a sus sesenta años ya nada le asombraba, había visto y vivido lo suficiente. Se sentía como un objeto más de esa estéril inmensidad.

Sabía de memoria el nombre de las rocas, de las dunas, de los pequeños arbustos que crecen con la lluvia. Su afán de supervivencia, el silencio y la soledad eran sus amigos. No conocía la ciudad, ni conocía el mar, la única agua que había visto en su vida la vio en los pozos y en la lluvia cuando llevaba sus camellos a beber. El hombre conocía los años a través de los sucesos más importantes ocurridos y memorizaba muchísima poesía en hasania que le servía como guía cuando cruzaba Tiris lentamente. Su único reloj era el sol y la sombra. Con ellos sabía la hora e incluso calculaba las distancias.

Jamás tuvo miedo al desierto porque con el tiempo había hecho una profunda amistad con la tierra y los dromedarios. Siempre encima de la montura de Zeireg, su animal de carga, en su tasufra llevaba una tetera, un cuenco, vasos pequeños, harina, azúcar, arroz, carne seca y té verde. Con eso era un hombre totalmente feliz no necesitaba absolutamente nada más.

Vivía persiguiendo gacelas, montañas, acacias y de noche hablaba con los zorros. Su turbante negro era su cojín y su darra era su sábana. Distinguía a la gente por su forma de hablar y pronunciar.

Perdió el miedo al desierto en una tarde extremadamente calurosa. Las temperaturas rebasaban los sesenta grados. Prácticamente deshidratado había entregado sus manos al destino, estaba totalmente confundido. Aquella tierra de aspecto negro surcada por pequeñas dunas parecía el fin del mundo, vencido por el calor no tenía fuerzas para orientar a su dromedario. En un último intento miró al cielo para buscar parte del milagro y no vio ninguna señal que le pudiera devolver la esperanza. A partir de ese momento sabía que era cuestión de horas el poder mantener la vida en esa situación.

Cuando el hombre se quedó sin conocimiento subido encima de su camello Zeireg, en ese instante toda su suerte quedó encima de aquel dromedario que había criado con sus propias manos. Lejos en el horizonte sólo se veían más dunas, no había señal de vida en ninguna parte, parecía que lo inevitable iba a suceder de un momento a otro.

Zeireg aceleró sus pasos porque encima de su joroba seguía sintiendo un último hilo de vida, bajaba una duna y subía otra impulsado por una fuerza extraordinaria. Sabía que en las entrañas de ese desierto probablemente estaba escondida una gota de agua que podría cambiar el destino.

El sol se quedó inclinado detrás de una pequeña colina. A lo lejos Zeireg avistó dos palmeras y hacia ellas se dirigió con las pocas fuerzas que le quedaban. El animal tenía la capacidad de oler agua a muchos kilómetros y eso le permitió guiarse en medio de aquel infierno. Desesperado, subiendo y bajando montículos de arena, llegó al único punto en el que había vida.

En aquel oasis sólo había dos palmeras, cuatro cabras, dos camellos, tres pájaros y un hombre todos reunidos cerca de ese pequeño pozo de agua. El único ruido que se escuchaba era de un cubo de agua sujetado entre dos palos con una pequeña soga. Cuando llegó Zeireg todos se apartaron ante su desesperación y él dobló sus largas patas acercándose a un bidón lleno de agua. Empezó a beber y a mover su cabeza como queriendo decirle algo al único hombre que estaba allí, de repente el hombre se percató que había una persona encima de la montura que estaba colocada sobre Zeireg.

Se acercó rápidamente y al mirar allí estaba el viajero nómada esbelto y delgado; sus ojos cerrados y sus pequeños labios secos. Ninguna parte de su cuerpo se movía, parecía que estaba totalmente paralizado. El hombre del pozo lo bajó de la montura, lo tendió sobre la arena cerca del pozo, empezó a echarle agua encima de la darra y todo el cuerpo. Luego cogió un pequeño vaso lleno de agua y empezó a darle de beber lentamente hasta que notó cierto movimiento en su garganta y sus labios, precisamente en ese instante gritó de alegría “Está vivo, está vivo”. Todos los animales se quedaron sorprendidos mirándole y los pájaros volando encima de su cabeza porque sabían que una nueva vida acababa de renacer en aquel solitario y remoto oasis.

Con sesenta años cumplidos, todo su pelo blanco de canas y la frente y las cejas arrugadas, el viajero nómada volvió a nacer del polvo de la arena, una vez más salía victorioso en su permanente huida de la muerte. Él era amigo del agua de los oasis, de las tormentas de arena y amaba el desierto desde la profundidad de aquel pozo que le devolvió el último aliento cuando creía que todo estaba perdido.

Ali Salem Iselmu

Fuentes:
*Generación de la Amistad Saharaui (blog)
*POEMARIO POR UN SAHARA LIBRE